¿Qué he aprendido para mi propia vejez?
Por: Clarylba Milián Correa, MRC
cmilian@pratmax.com
He aprendido a vivir sin miedos; a disfrutar cada día como si fuera el último. A no enfocarme en las tonterías ni en lo material. A disfrutar las pequeñas cosas de la vida porque al final esas son las cosas grandes e importantes. A valorar la salud y sacarle provecho a mí fuerza y capacidades. Que es importante aprender cosas nuevas que sean útiles para hoy y mañana; nunca es tarde para empezar. Que hay que orar creyendo que somos escuchados. A no perder nunca la fe porque sin ella en los momentos difíciles y al final del camino no tenemos nada. Nunca dejar una idea para mañana porque hoy es el momento. Que no todo resulta como uno espera. He aprendido a nunca negar un saludo y a no olvidar la importancia incalculable de ser amable, generosa y honrada. Ayudar a los más necesitados porque preocupándonos por los demás se resuelven muchos de nuestros problemas. También, he aprendido a defender mis derechos y a no permitir que quebranten mi dignidad. A quererme como soy y apreciar mi cuerpo que es el templo de Dios. A que no podemos ser tan duros con nosotros mismos ni con los demás. Amar a mis familiares y a disfrutarlos. No salir de casa sin despedirme. No dejar que la prisa, la timidez, el orgullo, el coraje y tal vez hasta la vergüenza me impidan decir te amo, te amo, te amo. A pedir perdón y a intentar perdonar. A no ignorar una llamada telefónica. A conocer los límites de las exigencias.
He aprendido a innovar en los momentos difíciles y a nunca rendirme porque siempre hay solución. Que en ocasiones perdiendo se gana y que las situaciones difíciles nos empujan hacia la bendición. Que los problemas son el camino que nos conduce a reinventarnos, redefinirnos, a levantarnos con más fuerza y a progresar. Que a veces hay que llorar, pero no debemos dejar de intentar. Que el propósito de los errores es aprender de ellos y no repetirlos. A valorar el dinero, pero no idolatrarlo.
He aprendido que a veces es mejor ignorar y callar. A respetar lo que a mis ojos parece diferente y a no criticar. Que si no tengo nada positivo que decir mejor no digo nada. A alejarme de las personas que no convienen, pero también a apreciar las buenas influencias.
He aprendido a amar.
Dice un texto bíblico que “todo lo que sembramos eso cosechamos”. En otras palabras, si sembramos odio recogeremos odio; más si sembramos amor, respeto, tolerancia, paciencia eso mismo cosecharemos. Es una bendición llegar a la vejez independientemente de las circunstancias que la acompañan. No podemos ver la vejez como una enfermedad o como una condena que hay que cumplir. Se puede tener calidad de vida en esta etapa y no me refiero meramente a salud física. Me refiero a la salud emocional y espiritual que podemos alcanzar como individuos. A la paz mental y tranquilidad de conciencia. Porque como dice otro texto bíblico “no lo que entra en la boca contamina al hombre; mas lo que sale de la boca esto, contamina al hombre” “porque dentro del corazón del hombre salen los malos pensamientos”. Quiere decir que lo que se piensa y se dice determina nuestro comportamiento y de eso depende la calidad de nuestras relaciones interpersonales. De que me vale tener una vejez físicamente saludable si estoy sola, amargada, triste y con culpas. ¿Es acaso eso peor que una enfermedad física? Sí lo es. Por eso es importante cultivar relaciones positivas basadas en respeto, amor y apoyo mutuo.
Yo quiero una vejez en la que yo pueda disfrutar de mis seres queridos. Una vejez que aun en medio de mis achaques pueda sentir paz y un profundo regocijo porque hice las cosas bien. En la que no le tema a la muerte porque estoy preparada. En la que tenga amigos y cultive nuevos. En la que pueda socializar. Y que cuando yo ya no esté me recuerden con amor y se me extrañe.
La vejez no es una enfermedad; representa la voz encarnada de la experiencia y maravillosas historias. Hay que preparase para llegar a ella con la frente en alto y con el alma en calma.







